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El año que vivimos peligrosamente

 

Ficha técnica:

    

Año: 1983

País: Australia

Director: Peter Weir

Actores: Mel Gibson, Sigourney Weaver, Linda Hunt, Michael Murphy, Bill Kerr, Noel Ferrier

 

Sinopsis: Yakarta, año 1965. El inexperto reportero australiano Guy Hamilton (Mel Gibson) se le presenta la oportunidad de su vida cuando lo mandan como enviado especial a Indonesia. En medio del turbulento escenario de la insurrección comunista contra el presidente Sukarno, conoce a Billy Kwan (Hunt), un enigmático fotógrafo, y a Jill Bryant (Weawer), una atractiva mujer que trabaja en la embajada inglesa. Esta película está cargada de análisis políticos y sobre todo sociales. El mundo occidental y sus lujos, frente a la opresión dictatorial en ciertos paises, mientras el "primer mundo" mira hacia otro lado ya que estos paises son el puticlub de los occidentales y la fábrica barata para nuestros lujos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Análisis:

El periodista junto al fotógrafo intentan publicar fotos que de la situación real que se vive en indonesia como la pobreza que arrasa la zona. Esto parece que no les importa  a los políticos pero ellos intentan enseñárselo a todo el mundo para que sean conscientes de lo que ocurre allí. Se meten en las revoluciones que se provocan por Stalin y graban todo aquello que ven, peleas, asaltos..etc.

El periodista es capaz de traicionar por el poder de informar. Se alía con una espía que le confiesa el posible estallido de la guerra civil y él se plantea revelarlo a pesar de haber sido una confesión personal.

 La película aborda de manera poliédrica distintas cuestiones. Además de una apasionada historia de amor enclavada en un marco de peligro constante, especialmente para la vida de los ciudadanos extranjeros, la película retrata con rigor los entresijos del trabajo periodístico de un enviado especial a un clima de incertidumbre social sobre el que planea el fantasma de la guerra civil, en un tiempo en que todavía se usaban las máquinas de escribir y la información no viajaba en décimas de segundo de punta a punta del mundo. Por otro lado, la película ofrece también el lado humano de los profesionales, de periodistas y técnicos alejados de sus casas que viven en una prácticamente total soledad el tiempo que no están trabajando, acompañados de otros solitarios extranjeros como ellos o aprovechándose de las “ventajas” que les proporciona su estatus y su salario en un país del llamado Tercer Mundo, ya sean legales (comidas, cenas y copas en los mejores locales), ya sean comerciando en los bajos fondos (drogas, prostitución, abuso de menores). Ello proporciona otra lectura interesante, las relaciones entre las clases adineradas del país, los extranjeros acomodados, y el abismo que su sociedad clasista separada de la hambrienta realidad del país supone con respecto a quienes alimentan el clima de rebelión, ya sean los comunistas auspiciados por China o los musulmanes apoyados desde Oriente Medio. Este aspecto es clave para entender la evolución del personaje de Kwan, entregado a los logros de Sukarno al comienzo de la película, cada vez más escéptico y crítico según avanza su metraje hasta la eclosión final de su compromiso con la democracia y la libertad. La película, en última instancia, también es una reflexión acerca del tratamiento que los gobiernos, los medios y el público occidental dan a los acontecimientos políticos o bélicos en los países subdesarrollados, a las muertes subsidiarias, residuales, convertidas en meras cifras, que se producen en ellos y que en muchas ocasiones son resultado de influencias occidentales ocultadas por los gobiernos, ignoradas deliberadamente por la prensa y, por tanto, desconocidas por unos ciudadanos que no pueden ejercer así sus derechos o exigir responsabilidades relativas a política exterior.

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